Un sueño, del que no puedes despertar. Ocurre cerca de tu casa. Se tambalean la infancia y los cimientos de una vida pasada por un error, quizá. O por un sistema injusto. Ganan los malos esta vez, el cuento no tuvo un final feliz, y Lucía despierta mientras a golpe de ley entran en su casa. Mientras tanto, Paula, amanece con olor a café, ajena al dolor de Lucía que, frente a todo, protege a sus hijas. Su hogar.
Lucía forcejea para preservar lo poco que ya le queda. Ni siquiera trata de defender su dignidad.
Paula, llega a la oficina y siente un dolor en el pecho. Otra vez la ansiedad. Le duele el mundo, quizá.
Lucía, rota de dolor, no logra que el gallo valiente venza al grande. Y sentada en una acera, con sus enseres a un lado llora, sin remedio.
Paula, termina la jornada, con el corazón en un puño, sin saber por qué.
Al salir de aquel edificio de monstruosas dimensiones, la ve: Lucía, su amiga de la infancia, y sus dos hijas se abrazan, rodeadas de un amasijo de algo parecido al interior de una casa, podría ser un salón, quizá: un montón de libros, y fotos antiguas. Lo que preservas cuando lo pierdes todo.
Por fin, un rayito de luz para Lucía y un respiro de quien lo entiende todo para Paula.
– Amiga, ¿por qué no dijiste nada? Dice.
– ¿Qué iba a decir? Responde Lucía.
Y así, cerca de tu casa, ocurre cada día. Alguien pierde contra Goliat. Sin tiempo para hacer nada.
Deja un comentario